Sin categoría

“Las piedras en mi riñón” por Michel de Montaigne (fragmento del ensayo “La experiencia”)

(traducción de Juan Pablo Anaya elaborada a partir de la elección y el sampleo de distintos fragmentos de las traducciones de J. Bayod Brau y Almudena Montojo. Descargable: https://ensayaren.files.wordpress.com/2021/04/las_piedras_en_mi_rinon.pdf)

Hemos de aprender a sobrellevar lo que no puede evitarse. Nuestra vida está compuesta, como la armonía del mundo, de elementos contrarios, también de tonos distintos, suaves y duros, agudos y bajos, blandos y graves. ¿Qué pretensión tendría el músico que sólo amara algunos de ellos? Ha de saber servirse de todos y mezclarlos. Lo mismo nosotros, con los bienes y los males, que son consustanciales a nuestra vida. Nuestro ser no puede subsistir sin esta mezcla, y un lado es tan necesario como el otro. Intentar forcejear contra la necesidad natural es imitar la locura de Ctesifonte, que se puso de espaldas para intentar luchar con su mula a patadas.

Apenas pido consejo a los doctores sobre las alteraciones que siento, porque esta gente se vuelve presuntuosa cuando te tiene a su merced. Te hinchan los oídos con sus pronósticos; y habiéndome sorprendido antaño débil por la enfermedad, me han tratado de una manera injuriosa con sus dogmas y su actitud magistral, amenazándome a veces con grandes dolores, a veces con una muerte inminente. No por ello me sentía abatido ni fuera de mis casillas, pero sí golpeado y oprimido. Si no me cambiaban ni trastornaban el juicio, sí al menos lo molestaban y no deja de ser ello agitación y combate.

Trato a mi imaginación con toda la suavidad de que soy capaz, y la descargaría, si pudiera, de cualquier esfuerzo y conflicto. Hay que ayudarla y halagarla, y engañarla, si se puede. Mi mente se acomoda a este servicio: no le faltan razones plausibles en todo; si persuadiera como predica, me socorrería felizmente. ¿Te apetece conocer un ejemplo? Dice que tener piedras en el riñón o cálculos es lo que más me conviene; que a los edificios de mi edad les toca por naturaleza sufrir alguna gotera (es tiempo de que empiecen a fallar y a resquebrajarse; forzoso es para todos y no se iba a hacer en mí un nuevo milagro; pago así el salario debido a la vejez; no podríamos haber llegado a mejor trato). Dice que la compañía ha de consolarme, pues he caído en el infortunio más habitual entre los hombres de mi tiempo (por todos lados los veo afligidos por la misma especie de mal, su trato me honra, pues suele atacar más a los grandes: su esencia tiene nobleza y dignidad); que de los hombres que lo padecen, pocos hay que salgan mejor parados. Suelen pagar el precio de soportar un régimen fastidioso, y la enojosa y diaria administración de las drogas medicinales, mientras que yo sólo lo debo a mi buena fortuna: pues algunos caldos, de cardo y de hernario que dos o tres veces he engullido en honor a las damas, que con gracia mayor a la aspereza de mi mal, me ofrecían la mitad del suyo, me han parecido tan fáciles de tomar como inútiles en cuanto a efecto. Ellos se ven obligados a pagarle mil votos a Esculapio, y otros tantos escudos a su médico por la evacuación de arenilla fácil y abundante que yo consigo sacar a menudo gracias al favor de la naturaleza. Ni siquiera el decoro de mi compostura en la compañía usual sufre alteración, y retengo mi orina diez horas, y tanto tiempo como uno sano. El temor a esta dolencia, dice, te espantaba mucho más cuando te era desconocida: los gritos y la desesperación de quienes la exacerban con su impaciencia te hicieron sentir horror por ella. Es una enfermedad que te golpea los miembros con los que más faltas has cometido; eres un hombre de conciencia: Quae uenit indigne poena, dolenda uenit [“Sólo el castigo inmerecido debe dolernos”]. Mira este castigo; es muy suave en comparación con otros, y propio de un favor paternal. Mira su tardanza: sólo incomoda y ocupa la estación de tu vida que, en cualquier caso, ya está perdida y es estéril, tras haber permitido la licencia y los deleites de tu juventud, como por transacción. El temor y la piedad que el pueblo experimenta hacia esta enfermedad te sirve como motivo de gloria; cualidad, de la que, si bien tienes el juicio purgado y has curado tu razón, tus amigos no obstante reconocen aún cierto tinte de ella en tu carácter. Es agradable oír decir de uno: «¡Vaya fuerza, vaya resistencia!». Te ven sudar por el esfuerzo, palidecer, enrojecer, temblar, vomitar hasta la sangre, sufrir contracciones y convulsiones extrañas, a veces derramar gruesas lágrimas de los ojos, verter unas orinas espesas, negras y pavorosas, o tenerlas detenidas por culpa de una piedra espinosa y erizada que te hiere y araña cruelmente el cuello de la verga, mientras charlas con los presentes con una compostura común, a ratos bufoneas con tus criados, defiendes tu punto de vista en una tensa discusión, mientras excusas de palabra a tu dolor y rebajas tu sufrimiento. ¿Te acuerdas de aquella gente de tiempos pasados que perseguía los males con tanto afán para mantener su virtud en vilo y activa? Supón que la naturaleza te conduzca y te empuje hacia esa gloriosa escuela, en la cual jamás habrías entrado por propio gusto.

Si me dices que es una enfermedad peligrosa y mortal, ¿cuáles no lo son? Es, en efecto, un engaño de médicos exceptuar algunas, que, según dicen, no conducen directamente a la muerte. ¿Qué importa si conducen a ella por accidente, y si se deslizan y se desvían fácilmente hacia la vía que nos lleva hasta ella? Pero no te mueres porque estés enfermo; te mueres porque estás vivo. También te mata la muerte sin el socorro de la enfermedad. Y a algunos las enfermedades los han alejado de la muerte: han vivido más porque les parecía que se estaban muriendo. Además, hay enfermedades, igual que heridas, que son medicinales y saludables. A menudo el mal de piedra no es menos vivaz que tú; hay hombres en quienes ha persistido desde la infancia hasta la extrema vejez, y, si éstos no le hubieran abandonado, estaba dispuesto a acompañarlos más allá. Lo matas más a menudo de lo que te mata él. Y, aunque te presente la imagen de una muerte cercana, ¿no es acaso un buen servicio, para un hombre de esta edad, el obligarle a meditar sobre su fin? Y peor aún, ya no tienes a nadie por quien sanar. En cualquier caso, al primer día la necesidad común te llama.

Considera con qué habilidad y dulzura te disgusta de la vida y te desprende del mundo: no lo hace forzándote con una sujeción tiránica, como tantas otras dolencias que ves en los viejos, que los mantienen continuamente atrapados, y sin tregua de desfallecimientos y dolores, sino con advertencias y enseñanzas retomadas a intervalos, combinando largas pausas de descanso, como para darte ocasión de meditar y de repetir su lección a tus anchas. Para darte ocasión de juzgar sanamente y de tomar partido como hombre valeroso, te presenta el estado de tu condición íntegra,tanto lo bueno como lo malo, y, el mismo día, una vida a veces muy alegre, a veces insoportable. Si no abrazas la muerte, al menos le das la mano una vez al mes. Así, tienes más motivos para esperar que te atrape un día sin aviso, y que, dado que te conduce tan a menudo hasta el puerto, confiando en seguir en los términos habituales, una mañana tú y tu confianza crucéis a la otra orilla del río sin poner objeción. No hay por qué lamentarse de las enfermedades que comparten el tiempo lealmente con la salud.

Estoy agradecido con la fortuna por atacarme tan a menudo con la misma clase de armas: me prepara y me instruye con la costumbre, me endurece y me habitúa. En adelante sé más o menos de qué debo librarme. A falta de memoria natural forjo una de papel, y cuando le sobreviene un nuevo síntoma a mi enfermedad, lo escribo. Por eso, ahora, tras haber pasado por casi toda suerte de ejemplos, si me amenaza alguna turbación, hojeando estas breves notas, descosidas como hojas sibilinas, no dejo de hallar algo con que consolarme por un pronóstico favorable de mi pasada experiencia. Me sirve también la costumbre para esperar algo mejor en el futuro. En efecto, como el proceso de la evacuación ha sido tan largo, es verosímil que la naturaleza no cambie de curso y no se presente un infortunio peor que el que sufro. Además, la condición de esta enfermedad no se aviene mal con mi temperamento rápido y vivaz. Cuando me ataca con blandura, me da miedo, porque es para mucho tiempo. Pero tiene por naturaleza excesos vigorosos y vivaces. Me zarandea a ultranza por un día o dos. Permanecieron mis riñones cuarenta años sin alteración, hace ya catorce que cambiaron de estado. Tienen los males su duración como los bienes, quizá está circunstancia haya llegado a su fin. La edad debilita el calor de mi estómago. Al ser su digestión menos perfecta, remite la materia cruda a mis riñones. ¿Por qué no puede suceder que en alguna revolución se debilite asimismo el calor de mis riñones, y ya no puedan seguir petrificando mi flema, y la naturaleza se encamine a seguir otra vía de purgación? Los años me han hecho, evidentemente, secar algunas fluxiones. ¿Por qué no las excrecencias que proporcionan la materia a los cálculos?

Además, ¿hay algo tan dulce como ese súbito cambio, cuando de un dolor extremo paso, al expulsar la piedra, a recobrar como un relámpago la hermosa luz de la salud, tan libre y tan plena, como ocurre con nuestros súbitos y más duros cólicos? ¿Hay algo en el dolor sufrido que pueda equipararse al placer de tan pronta curación? ¡Cuanto más bella me parece la salud tras la enfermedad, tan próximas y contiguas que puedo reconocerlas en presencia una de otra como su mejor acompañamiento, rivalizando como para hacerse frente y contrarrestarse! Así como los estoicos dicen que los vicios son útilmente introducidos para dar realce a la virtud y respaldarla, nosotros podemos decir, con más razón y con una conjetura menos osada, que la naturaleza nos ha prestado el dolor en honor del placer y de la indolencia y a su servicio. Cuando Sócrates, nada más librarle de los grilletes, sintió la delicia de la comezón que su pesadez le había producido en las piernas, se alegró al considerar la estrecha alianza entre dolor y placer, porque están asociados con un lazo necesario, de manera que se van alternando, y el uno genera el otro; y le proclamaba al buen Esopo que debería haber tomado materia para una bella fábula de esta consideración.

Lo peor que veo en las demás enfermedades es que no son tan graves por su efecto como lo son por sus secuelas. Se necesita un año para recobrarse, siempre lleno de debilidad y de temor. Es tanto el riesgo y son tantos los grados en la vuelta a la salud, que nunca se termina. Antes que te hayan librado del sombrero, y después del gorro, antes que te hayan devuelto el uso del aire, y del vino, y de tu esposa, y de los melones, eres muy afortunado si no has recaído en alguna nueva desgracia. Ésta tiene el privilegio de que se elimina por entero, mientras que las demás dejan siempre alguna huella y alteración que vuelve el cuerpo susceptible de un nuevo mal, y se dan la mano unos a otros. Son excusables los que se contentan con dominarnos, sin extender su dominio ni introducir sus secuelas. Pero, corteses y generosos, lo son aquellos cuyo sufrimiento nos aporta alguna consecuencia útil. Tras mi cólico, me encuentro libre de otras dolencias; más, me parece incluso, de lo que lo estaba antes, y después no he padecido fiebre alguna. Yo argumento que los vómitos extremos y frecuentes que sufro me purgan, y, por otro lado, mis inapetencias y los extraordinarios ayunos que paso digieren mis humores malignos, y la naturaleza evacua en estas piedras lo que tiene de superfluo y nocivo. Que no me digan que es una medicina vendida demasiado cara. En efecto, ¿quédecir de todos esos brebajes apestosos, cauterios, incisiones, sudores, sedales, dietas, y de todas esas formas de curación que a menudo nos traen la muerte porque no podemos resistir su violencia e importunidad? Así, cuando me ataca, la tomo como una medicina; cuando estoy libre, la tomo como una liberación constante y completa.

Éste es otro favor, particular, de mi enfermedad: que, más o menos, representa su papel por su cuenta y me deja representar el mío, o, si no es así, depende sólo de la falta de valor. En su mayor agitación, la he resistido durante diez horas a caballo. Limítate a soportar, no necesitas otro régimen; juega, come, corre, haz esto y haz también aquello, si puedes; tu desenfreno será más útil que nocivo. Dile lo mismo a un sifilítico, a un gotoso, a un herniado. Las demás enfermedades comportan obligaciones más generales, estorban mucho más nuestros actos, alteran todo nuestro orden y hacen estar pendientes de ellas a todo el estado de la vida. Ésta sólo pellizca la piel; te deja el entendimiento y la voluntad a tu disposición, y la lengua, y los pies, y las manos. Te despierta en vez de adormecerte. El ardor de la fiebre golpea el alma, y la epilepsia la abate, y una violenta migraña la descompone, y, en suma, todas las enfermedades que hieren el fondo y las partes más nobles, la aturden. Los cálculos no atacan al alma. Si le va mal, ella tiene la culpa; se traiciona a sí misma, se abandona y se desarma. Sólo los insensatos se dejan persuadir de que el cuerpo duro y macizo que se cuece en nuestros riñones pueda disolverse por medio de brebajes; por eso, una vez que se pone en movimiento, no queda sino darle paso; en cualquier caso, lo tomará. Observo, además, la especial ventaja de que es una enfermedad en la que hay poco que adivinar. Nos libramos de la agitación a la que nos precipitan las demás dolencias por la incerteza de sus causas y de sus condiciones y procesos (agitación infinitamente penosa). No necesitamos consultas ni interpretaciones doctorales: los sentidos nos muestran lo que es, y dónde está.

Con tales argumentos, fuertes y débiles, intento adormecer y entretener mi imaginación, y vendar sus heridas, como hacía Cicerón con el mal de su vejez. Si mañana empeoran, mañana le procuraremos otras escapatorias. Como prueba de que es verdad, he aquí después, de nuevo, que los más leves movimientos exprimen la sangre pura de mis riñones. ¿Y qué? No por eso dejo de moverme como antes, ni de galopar tras mis perros con un ardor juvenil e insolente. Y me parece que hago caso omiso de una dolencia tan importante, que no me cuesta sino una sorda pesadez y alteración en esa parte. Es una gran piedra la que me araña y consume la sustancia de los riñones, y mi vida, que evacúo poco a poco, no sin cierta dulzura natural, como un excremento ya superfluo y molesto. Ahora bien, ¿siento que alguna cosa se derrumba? No esperes que me ponga a examinarme el pulso y las orinas para tener alguna previsión fastidiosa. A tiempo estaré de sentir el mal, sin alargarlo con el mal del miedo. Quien teme sufrir sufre ya por lo que teme. Además, la vacilación y la ignorancia de quienes se dedican a explicar los mecanismos de la naturaleza y sus procesos internos, y tantos falsos pronósticos de su arte, han de mostrarnos que sus medios son infinitamente desconocidos. Hay una gran incertidumbre, variedad y oscuridad en aquello que nos promete o amenaza. Salvo la vejez, que es un signo indubitable de la cercanía de la muerte, de todos los demás infortunios veo pocos signos del futuro en los que podamos fundamentar nuestra adivinación.

Sólo me juzgo por lo que siento de verdad, no por lo que razono. ¿Para qué, si no pretendo aportar otra cosa que espera y resistencia? ¿Quieres saber qué gano con esto? Mira a los que actúan de otro modo y dependen de tantas persuasiones y consejos diferentes: ¡qué a menudo los oprime la imaginación sin el cuerpo! Me he deleitado muchas veces, encontrándome a salvo y libre de estas peligrosas dolencias, en comunicarlas a los médicos como si estuvieran surgiendo en ese momento en mí. Soportaba la sentencia de sus horribles conclusiones con gran facilidad, y quedaba tanto más agradecido a Dios por su generosidad, y más instruido sobre la vanidad de tal arte.

Estándar

Un comentario en ““Las piedras en mi riñón” por Michel de Montaigne (fragmento del ensayo “La experiencia”)

Responder a Juan Pablo Anaya Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s